27 jul. 2011

La tecnología desde un punto de vista antropológico 2: tecnologías replicables


Como segunda parte a la formación-debate que comentábamos el otro día, se
habló de tecnologías que se aplican en lugares o en unas épocas con éxito y pudieran trasladarse a otros. Los hórreos gallegos para almacenar grano en zonas húmedas, los canales de riego, los “torna-ratos” para proteger el pan de los ratones o incluso soluciones de plantas repelentes de plagas que no tienen otra función que esta, o plantas-cebo para lo mismo (atraen ciertas plagas que así no van a las plantas que importan). Esto último es parte de las técnicas de agroecología que en algunas zonas tienen bastante tradición, si bien se usan poco en muchos lugares donde hubo colonización reciente con personas no familiarizadas con el trabajo de la tierra, o en zonas donde ha habido una modernización repentina de la agricultura y se desprecian esos antiguos saberes.

La transferencia tecnológica entre lugares no tiene que entenderse sólo entre lugares lejanos sino también entre comunidades cercanas. En los proyectos que se han ido ejecutando en Nicaragua y actualmente en Honduras se le da importancia a este concepto a través de las llamadas “giras de intercambio” entre población participante en el proyecto a otros lugares. Se ha observado que es importante que sean los visitados los que sean anfitriones y muestren sus maneras de trabajar, sobre todo en el caso de los técnicos de instituciones locales, ya que se puede dar el caso de verse “amenazados” por las buenas prácticas de técnicos de otros lugares (como si vinieran a “enseñarles” como hacer las cosas ante la población que atienden) y no se implican en el intercambio.

Se habló de metodologías de trabajo basadas en instituciones comunitarias como las comunidades de regantes (y de como la nóbel de 2010 hizo numerosos estudios de casos exitosos de este tipo de gestión), o de los conceptos de propiedad de la tierra, derecho de uso, gestión, etc. que cambian en los distintos países y zonas y hay que tener muy en cuenta.

Se habló de soluciones como los seguros ganaderos o mútuas, así como del interés en el almacenamiento de alimentos y la conservación de semillas criollas, así como el apoyo a familias campesinas empobrecidas (la mayor parte de las que hay en el mundo) con programas sin poner tanto acento en la “sostenibilidad” que sabemos que será imposible a nivel económico (¿se las quiere tratar como a empresas?) pero que sus aportes a otros niveles intangibles o invaluables en la economía tradicional hacen que (además por una cuestión ética y moral que ya debería ser suficiente) las ayudas a estas familias deban seguir siendo prioridad en las políticas de cooperación al desarrollo. ¿Alimentarán el mundo? Quizás no todo, pero sí una parte importante (por lo menos a ellos mismos, que ya es bastante). Y no hay sitio para todos en el sector industrial y servicios, ¿o sí?

El concepto de desarrollo que se persigue con los proyectos de cooperación abordados por una institución fue el penúltimo tema del que se debatió. Si se trabaja en “cooperación para el desarrollo” se debería tener unas pautas de cual es el desarrollo por el que se trabaja, qué modelo de desarrollo humano se busca (o al menos tener muy claro cual no se busca).

Se llegó a proponer una última idea, una especie de “lista de chequeo” anti-eurocentrista para asegurarse de que las propuestas tecnológicas (que incluyen las metodológicas) no agreden las costumbres y culturas, de forma que se permita identificar puntos críticos y posibles soluciones y paliativos.

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