19 jul. 2016

Sobre sistemas complejos, política, ontología y tecnología...

Últimamente nos interesa eso de la complejidad, de lo que se está escribiendo bastante (lo complejo, que no lo complicado, es algo a lo que nos enfrentamos constantemente al trabajar en desarrollo, cooperación, defensa de los derechos humanos...).

Queremos compartir aquí un capítulo que nos interesó especialmente por tocar temas de política, ontología, tecnología y ciencia, de la publicación ¿Cómo gobernar la complejidad? Invitación a una gobernanza urbanahíbrida y relaciona (página 13 del documento). 


Combinar ontología y política

Gobernar el mundo actual exige más que las que nos han ofrecido hasta hoy las clásicas distinciones modernas. Nos encontramos ante asuntos a abordar, en parte, desconocidos y complejos, que reclaman nuevos marcos institucionales (Latour, 2004). Aparte, no todos los asuntos se pueden afrontar a través del mismo procedimiento. Cada nuevo asunto merece su propio protocolo (Latour, 2007). La política que ya no debe gestionar un mundo preexistente, sino armonizar colectivos híbridos, operar sobre multiplicidad y producir realidades mejor articuladas (Rodríguez, 2008). Una vez se extiende la gamma de entidades, si las nuevas asociaciones no forman un ensamblaje "habitable", aquí es donde tiene que entrar en escena la política, con el fin de "componer" las asociaciones para obtener el diseño de un mundo común, para conseguir la mejor cohabitación posible (Latour, 2005). Latour (2002) define la política como la progresiva composición de un mundo común.
 
La política sirve para dibujar, decidir y proponer un cierto cosmograma, una cierta distribución de papeles, funciones e instituciones a humanos y no humanos (Latour, 2001). El colectivo de Latour (2002) no es un ser con límites fijos y definitivos, sino un movimiento en el que se establece una cohesión provisional que se tiene que ir renovando constantemente. La política es una lucha ontológica (Bingham y Hinchliffe, 2008), ya no es un asunto que tenga que ver sólo con debates entre “ciudadanos”, humanos. Son necesarias formas de representación política (o científica) para composiciones que hasta ahora han sido olvidadas que garanticen una conformación plenamente democrática de un mundo común. Los nuevos elementos, los nuevos escenarios que aparecen en el marco de las controversias, necesitan nuevos espacios de la política, nuevos alojamientos que sean hospitalarios.

No obstante, la distinción entre hechos y valores ha paralizado durante mucho tiempo toda discusión sobre las relaciones entre ciencia y política, o entre naturaleza y sociedad (Latour, 2002). Según el autor, tenemos que hablar de ciencias, en plural, y de política, en singular: las ciencias tienen que permitir el mantenimiento de la diversidad de candidatos a existir y la política nos tiene que permitir conseguir la unidad que nos reúna todos juntos en un único colectivo. El trabajo de la ciencia y la tecnología es añadir incertidumbres, no eliminarlas. Lo que hace falta es democratizar la ciencia a la vez que democratizar a través de la ciencia y reunir en un mismo debate aspectos que hasta ahora se discutían en foros y ámbitos diferentes (Rodríguez, 2008).
 
Como hemos aprendido de los estudios de la Ciencia y la Tecnología, el conocimiento se produce de manera simultánea a la construcción de una red en la que entidades sociales y naturales regulan recíprocamente lo que son y quieren (Callon, 1986). En este sentido, Michel Callon, Pierre Lascoumes y Yannic Barthe (2009) nos muestran cómo la producción de conocimiento tiene que estar ligada a la exploración en el ámbito de las formas de vida. Se discuten al mismo tiempo, tanto los conocimientos que necesitamos para comprender mejor el mundo como las posibles composiciones del colectivo para profundizar en la mejora de la vida en común (Rodríguez, 2008). El conocimiento, más que un recurso, es un sujeto político. Cuando luchamos por derechos, estamos luchando por ser concebidos como personas, por ser reconocidos. Es una tarea de dar forma a nuevas formas de agencia y, consecuentemente, construir nuevos tipos de vida colectiva (Callon, 2004). De extender (o no) el reconocimiento de nuevos tipos de entidades, mostrando, así, que el mundo no viene dado, sino que es negociable (Law, 2000).
 
El conocimiento ya no tiene una función representacional, sino una función activa y práctica de intervención en el mundo (Whatmore, 2006). La investigación es performativa, no sólo describe el mundo tal y como es, sino que lo promulga, construye realidades sociales nuevas o alternativas. Por performatividad entendemos que el conocimiento no hace referencia a un mundo preexistente, sino que es más una práctica de "manipulación" o de intervención sobre el mundo, en la que se "promulga" una de sus versiones (Law y Mol, 2002). La cuestión, por lo tanto, es experimentar nuevas formas de encuentro entre humanos y no-humanos que permitan aumentar el abanico de maneras disponibles de relacionarnos. La producción de conocimiento sirve para hacer emerger y experimentar nuevas formas de encuentro, de relación y de convivencia entre amalgamas de humanos y no humanos.

La cuestión reside en decidir los mundos que vamos a ayudar a hacer realidad. Discutir qué tipo de agencias humanas queremos desarrollar, es decir, qué tipo de arreglos socio-técnicos queremos diseñar y experimentar (Callon, 2004). Explicar historias sobre quién y cómo tendría que estar incluido (y excluido), historias que hicieran más o menos plausibles determinadas relaciones y distinciones (Law, 2000). Probar mundos diferentes, para probar su virtud, para ver si sus articulaciones funcionan (Haraway, 1999). En definitiva, combinar el término "ontología" con "política", explica Mol (1999) permite sugerir que las condiciones de posibilidad no están dadas. Y una vez abandonada la visión dicotómica moderna, la cuestión ya no se reduce a si las afirmaciones hacen referencia o no a un estado dado de las cosas, sino a determinar si las proposiciones están bien articuladas (Latour, 1999). La experimentación es imprescindible para alcanzar nuevos escenarios, nuevas formas de solidaridad, de hacer compatibles, escenarios enfrentados. En este sentido, el rol de algunos actores tiene que pasar de la "representación" a la "experimentación" (Hinchliffe, 2002). El mundo común tiene que estar construido a escala real, y a tiempo real, en medio del ágora, y con la presencia de todas las partes implicadas (Latour, 2002).

Así, a diferencia de la noción moderna, el gobierno tiene que ver, sobre todo, con la producción de realidades (Rodríguez, 2008). Y la tarea de las instituciones públicas no es ninguna otra que la de seguir, documentar, interrogar, inducir, organizar el experimento colectivo en el que todos estamos implicados y asegurar que no se aborte o se pase por alto (Latour, 1998). Las instituciones públicas tienen que asegurar la continuidad de la vida pública (Latour, 2002). Asegurar el desarrollo de un experimento constante para decidir cuantas entidades tienen que coexistir juntas. Asegurar la construcción y movilización del mayor número de "versiones" posible. Asegurar la coproducción de conocimientos y nuevas identidades, y el debate entre y sobre éstas, para la composición de un mundo en común.

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